sábado, 23 de marzo de 2013

Hambre y sed



Con hambre,
sed,
camino sin saber donde mirar,
donde pisar,
transeúnte sobre espuma
y liquen.
Una savia llega a mis labios
como una mancha que no sé
quien bebe,
ella me absorbe,
yo la tomo a sorbos.

Preguntas y preguntas
-desbordan mis sentidos-
con hambre de un ayer
casi lejano,
me lanzan dardos, uno
tras otro, una
y mil veces
como una diana fácil
hasta acabar con todos los pronombres,
con todos los interrogantes
que apelan sin saber.

Hambre se asoma a los ojos,
los oídos.
Te miro y me asaltan
cuándos y cómos,
ya no hay por qués,
quizás lo sepan
o me hayan abandonado.

Salpicada de sed
aprieto las manos,
siento tus manos
y me llega el tiempo.

Un rastro de sed
riega mi piel. Reseca,
noto mi boca
y deseo la tuya.
Imagino tus abrazos
y la huella que me dejas,
tu aliento, humedad
que me sabe a besos,
a tu cuerpo,
a ti.

Tengo sed, hambre,
mas y mas con cada paso
que recoge el tiempo.

Como saber



Como saber que tu voz
que me llama o me detiene
abrumada, resignada,
amante,
tu voz
y esas otras compañeras
en este instante que cruzo.
Como saberlas certeras
tan cercanas como su sonido
como su aliento que me envuelve.

Como saberte en esas palabras
que oigo.
esta mirada tímida
o violenta que recorro hasta ti.

Como saberte
entre mis manos, atrapándola
que queda sedosa, satén
en las pupilas
y la piel.

Como saber que es la ola que tiembla
y revuelve mas allá
de los signos
que vuelven hacia mí
como si fueran míos.

Como saber,
cómo reconocer cada delirio
infranqueable como un muro
que me apresa,
como un deseo que me arropa
entre ropajes de conciencia.
Una cadena que visto
como armadura,
como refugio o ignorancia
a lo que hay en frente.

Como saberlo,
cómo encontrar las pistas del ahora
que recojo entre paréntesis,
que acorcho entre corchetes.

Como saberte,
como saberte entre los vocablos
que me rodean
que me cubren,
que cubren los mares
hasta las estrellas.

Como saberlo,
cómo saberte,
si a veces los espejos
de la distancia a cualquier objeto
no dan fe y se ríen
cuando los miro.

Una tarde de lluvia



Como si se desprendieran
de manos diferentes,
cae la lluvia,
cae la tarde.
Son mundos,
seres que se besan,
que se cruzan,
se cosquillean incluso,
a veces tímidamente.
Se alían cómplices
y entonces nos engañan,
se visten con el mismo traje gris,
y sentimos un hálito
atemporal en los oídos.
Un horizonte desdibujado
nos persigue tembloroso,
nos observa,
docenas de rostros,
de paisajes nos contemplan
desde el cristal,
cuchicheando o alardeando
ante los sueños
que se enredan en las pestañas.

La lluvia,
la tarde,
se desprenden de distintas manos
para confluir en un punto
que nos muestra la huída,
se vuelven rebeldes con los ciclos
que los llevan.
Se escapan para atropellarnos,
apelarnos de alguna manera
colándose por la piel,
rodeando el alma
hasta hacerla aprender
el valor de un suspiro.
Una forma de marcarla
que nos hace fragua
de sus intenciones.

Una tarde,
puede que mientras
permanezcamos adormecidos
en un rincón,
en un momento
arrebatado por ella,
la lluvia llamará
a nuestra ventana.

Fe ciega



Me creí dueña de todos mis tiempos,
horarios campando entre valles y soles,
espacios que recorro
intentando cambiar horizontes y espejismos.

Me creí dueña del ornato y los habitáculos
en los que encuentro los días,
lo creí mío.
Mis pasos,
un rastro de derechos sobre el suelo
que piso y me sostiene.
me creí dueña.

Sin embargo, creo que todo eran
fracciones intercambiadas
que erraron.
Quizás sea, todo aquello
lo que me posee como un súbdito engañado
entre lo que navego y me sustenta.
quizás solo sea un sueño,
un quiero que hago guiñar en cada acto,
pobre, que quizás sean vacios
entre los signos de un mensaje cifrado,
puertas que no dan al otro lado.

Pensé en la oquedad de ese deseo.
atraque en el pensamiento libre,
la creación en sospechas de dioses.
Pensé y recordé
el olvido,
tal vez una muerte
de todo.
Entonces,
en un entonces tambaleante,
¿en qué quedo?.

Pensé ilusa que era dueña,
me pregunte por cada hecho,
casi suplico a las ideas,
quieros que me parecieron
abandonados y aislados.

Abracé mi memoria
que entre carcajadas me miraba.
La soledad me vistió,
me rodeo ahuyentando el silencio,
despojándome de rostros y manos,
alejo, desvaneció el frío mismo,
se quedo oscura.

Me creí dueña
y es posible aunque sea
entre lágrimas que inundan océanos,
que no quedara sino una esencia herida
sin sangre no recordada.


Ilusa me sentí dueña
cuando tal vez solo sea,
solo ande sobre huellas de ignorancia,
sola.